«La sangre llama: historia de una morcilla»

¿Por qué escribir un relato de SUSPENSE, TERROR y HUMOR sobre una MORCILLA? Porque quiero, porque puedo y porque me pico con facilidad para según qué cosas.

¿Por qué escribir un relato de SUSPENSE, TERROR y HUMOR sobre una MORCILLA? Porque quiero, porque puedo y porque me pico con facilidad para según qué cosas.

Me retaron y además yo también os reto. Pero ese es otro cantar que podéis investigar en la entrada del blog «Concurso de microrrelatos: Historia de una morcilla».

Os presento el resultado del envite:

«La sangre llama: historia de una morcilla»

Dicen que la sangre es vida, que es fuente de salud y vigor.

Modesta adoraba la sangre. No pertenecía a un clan de vampiros, pero sí a una familia convencida de que era el alimento más completo que pudiera existir. Su madre la atiborraba de morcilla de Burgos, de León, de Palencia, canaria, patatera, choricera, de caldera, también de sangre con tomate, sangre encebollada, sangre en empañada, pudin de sangre…

—No puede existir una comida más nutritiva —le decía—. Es imposible. No hace falta ser científico para saber que lo que digo es una verdad universal, se trata de pura lógica: te estás comiendo justo lo que necesita cualquier ser para mantenerse vivo. ¿Y quién era Modesta para negar una verdad universal sustentada por generaciones de tradición familiar? Y menos viniendo de una madre, una madre no puede estar equivocada. Además, realmente notaba en su cuerpo las poderosas propiedades de la sangre, se sentía robusta y briosa; sus ciento veinte kilos de peso eran pura energía y jamás se había visto afectada por la debilidad o la enfermedad.

La abuela Celestina afinaba todavía más: todas las cosas que nos hacen ser lo que somos se concentran en nuestros humores, más concretamente, en la sangre. Nuestros miedos, odios, amores, deseos, afecciones, nuestros pensamientos y sentimientos, todo se preserva en ella. Esta teoría no era tan científica como la de su madre, ni mucho menos, de modo que Modesta solo la aceptó parcialmente. Cuando cumplió once años, constató que había desarrollado algunos de los comportamientos y pasiones que se le suponen a un cerdo: era una chica glotona, curiosa e intuitiva y, puede que también, un poco cochina —en el sentido higiénico de la palabra—, sin embargo, no le gustaba que la acariciaran y eludía el contacto físico, tampoco era dominante ni territorial, simplemente quería que la dejaran en paz. Pero, con el tiempo y los acontecimientos, se vería obligada a revisar la teoría de la sabia Celestina y pasar por alto aquellas pequeñas inconsistencias, para acabar creyéndola a pies juntillas.

Celestina murió con cien años y su hija, la madre de Modesta, iba por el mismo camino: otra prueba de la excelencia alimenticia de la sangre. Modesta no dejaba pasar un día sin visitarla y se presentaba en la residencia cada tarde con un táper de sangre con tomate bajo el brazo. Le prohibieron llevarle morcilla por aquello del colesterol, pero con lo que le proporcionaba su hija, la anciana mantenía una salud envidiable.

Modesta también se sentía sana, sana y sola. Vivía en una vieja casa a las afueras del pueblo. Salía poco, para ir al trabajo, a ver a su madre y, por supuesto, al mercado a comprar el embutido de la vida. Se lo suministraba don Agustín, el dueño del puesto más antiguo de la plaza y con el mejor género en lo que a carnes y chacinería se refiere. Aquel viernes le había vendido unas morcillas caseras:

—Las ha hecho mi cuñao con sus propias manitas, no vas a probar nada mejor en tu vida. Esto es gloria bendita —le había asegurado don Agustín, mientras envolvía los embutidos en papel encerado.

Ahora revisaba la compra sentada en la mesa de la cocina. Guardó la sangre en el frigorífico para guisarla al día siguiente y colocó las morcillas sobre el hule. Las ordenó de mayor a menor, según el grosor, para seleccionar a la afortunada que le serviría de cena y compañía esa noche (al menos, hasta al día siguiente, cuando tocase deshacerse de sus restos después de un momento de relajo en el retrete). Eligió la que estaba al borde izquierdo de la mesa, ocupando el lugar correspondiente a los ejemplares de mayor diámetro: una estupenda ristra de tres morcillas de cebolla, jugositas y tiernas, perfectas para freír acompañadas de un par de huevos.

Después de una penúltima mirada amorosa para con la morcilla, se levantó en busca de la sartén. Daría buena cuenta de ella mientras veía el programa Entre fogones, nunca guisaban nada con sangre, pero le servía de inspiración. Cuando ya estaba abriendo el armario, oyó un golpe seco, se giró y descubrió que el objeto de sus deseos yacía en el suelo junto a la pata de la mesa.

—Vuelve a tu sitio, condenada, que de estas no te escapas —le dijo a la ristra poniéndola de nuevo sobre el mantel.

Modesta volvió a la tarea: sartén, aceite, fuego, cuchillo… ¡golpe! El embutido había caído de la mesa otra vez. La oronda mujer se agachó con la intención de devolverlo a su sitio, pero, hete aquí, que la morcilla eludió su agarre girando sobre sí misma con una pesadez viscosa, como una boa constrictor recién comida.

Pestañeo, otro pestañeo, incredulidad. Con los ojos con más blanco que negro, Modesta se arrodilló y alargó los dedos hacia la morcilla escapista. Cuando casi la tenía a su alcance, esta se retiró rodando despacio hasta ocultarse bajo la mesa.

—¡Pero qué leches es esto! —saltó la mujer—. Tranquila, Modesta, calma. Tiene que haber una explicación… —murmuró reculando a cuatro patas—. Se le habrá metido algún animal dentro o algo así.

¡Pero qué animal iba a tener dentro! No eran unas morcillas tan gordas. ¿Estaría comida de gusanos?

Se armó de valor, y de un cuchillo, y acometió una tercera intentona. Sin bajar el arma, gateó renqueando hacia las tripas, dispuesta a ensartarlas sin piedad; pero la morcilla no le dio esa oportunidad: con una rapidez digna de la más veloz de las lagartijas, viró en dirección al aparador y se escondió bajo el mueble. Modesta fue más rápida aún: salió de debajo de la mesa, se dirigió a la puerta de la cocina, la cerró y la atrancó con el respaldo de una silla, en menos de un minuto.

También atrancó la puerta de su dormitorio antes de irse a dormir.

El amanecer y, sobre todo, el hambre la hicieron entrar en la cocina. El primero, porque convirtió el episodio de la morcilla con vida en un absurdo imposible y la segunda, porque le roía las entrañas de un modo insoportable. Modesta jamás se había acostado sin cenar en sus sesenta y cuatro años de vida. Ya podía haber allí dentro una infestación de butifarras y salchichas bailarinas, que ella no iba a quedarse con hambre.

A pesar de la terrible flojera que la invadía, hizo acopio de todas sus fuerzas y coraje y decidió plantarle cara al embutido. Una vez frente al aparador, y esta vez provista de una escoba, se agachó para confirmar que la morcilla continuaba allí. En efecto: no se había movido, ni se movía en ese instante. Bien, allí la dejaría, se prepararía algo de comer y luego vería qué hacía con ella.

«Modesta, hija mía, es una simple morcilla —se dijo—. ¿Qué te puede hacer? ¿Perseguirte por toda la casa a cinco centímetros por segundo? ¿Enredarse en tus pies para que tropieces? A lo mejor podría reptar por tus piernas y estrangularte o estar envenenada y meterse en tu boca, obligándote a masticarla…».

Se distrajo pensando en las maneras en las que podría ser atacada por el embuchado, riéndose de sí misma por sus ocurrencias y por lo estúpida que había sido. Preparó el café, pero, cuando se aproximó a la alacena en busca de su taza favorita, advirtió cómo por debajo del aparador se asomaba la morcilla. Lo hacía despacio, indecisa. La primera intención de Modesta fue plantarle el pie encima y reventarla de un pisotón, pero luego la miró, y verla deslizándose sobre las baldosas, llena de pelusas y viejas migas de pan, moviéndose apocada y algo temblorosa, la enterneció.

Desayunó con la ristra de morcilla a sus pies, no la perdió de vista mientras se comía un bocadillo a base de una de sus primas hermanas —la choricera era perfecta para comenzar el día— junto con un café con leche y un poco de queso. Cuando se levantó para dejar el plato en el fregadero, la morcilla la siguió hasta la pila, después, cuando salió de la cocina, la morcilla la siguió hasta el pasillo y cuando llegó a la escalera para subir a su cuarto, la morcilla la siguió hasta detenerse frente al primer escalón. Modesta la vio intentando alzar su cuerpecillo anudado, esforzándose por superar la altura del peldaño sin resultado. Le rompió el corazón.

Con algo de repugnancia, no tanto por tratarse de un embutido vivo, sino por el aspecto sucio que presentaba, cubierta de migas de pan, pelos, tres o cuatro lentejas francesas y dos granos de arroz, la recogió del suelo y la subió hasta el cuarto de baño. La lavó, la secó y la dejó sobre el tocador de su dormitorio mientras se vestía. Luego la metió en una bolsa de plástico que a su vez colocó dentro de su bolso y puso rumbo al mercado.

Juntas visitarían el puesto de don Agustín en busca de respuestas.

—¿Qué pasa, Modesta? ¿Es que no te han gustado?

Don Agustín la miraba ceñudo, mientras paseaba la uña de su dedo meñique entre los dientes, bregando con algún resto de jamón insurrecto.

—No, qué va. Si estaban buenísimas. Sobre todo, la de cebolla. Si le pregunto por ellas es precisamente porque me gustaría que su cuñado me hiciera algunas más, si todavía estoy a tiempo.

—Pues va a ser difícil —contestó el hombre—. A mi cuñao se lo llevaron anoche al cuartelillo.

—No me diga… ¿Y eso cómo ha sido?

—Pues te lo cuento a ti, Modesta, porque eres una de mis mejores clientas y porque sé que eres la discreción personificada, pero es un asunto muy feo: lo han acusado de haber matado a su tío, a Saturnino, el dueño de la finca donde criaba a los marranos.

Modesta notó cómo la morcilla se revolvía dentro de su bolso. Abrió la boca para volver a preguntar, pero no hizo falta, el tendero continuó hablando en voz baja, a pesar de que no había nadie cerca del puesto:

—Sabes quién es, ¿verdad, hija? Como sales tan poco y vas tan a lo tuyo… Pero yo te cuento. Cuando mi hermana Carmina y mi cuñao se casaron se fueron a vivir a la finca de Saturnino a cambio de guardarla y hacerse cargo del mantenimiento, porque el muy tacaño no les pagaba ni un duro. Estaba forrado de billetes, pero era un avaricioso de tomo y lomo. Lo único propio que les permitía era criar a los cerdos y porque luego él se quedaba la mitad de la matanza. —Don Agustín volvió a hurgarse los dientes y después de comprobar el resultado de la caza, levantó los hombros dubitativo—.  No sé muy bien si hablar de él en presente o en pasado, porque solo se sabe que lleva días desaparecido, todavía no han dado con el cadáver.

El bolso de Modesta se agitó esta vez con más ímpetu, la mujer tuvo que apretarlo contra su cuerpo para que don Agustín no se percatase de las sacudidas.

—La Guardia Civil nos tiene a toda la familia acribillada a preguntas porque quieren saber dónde está el muerto —continuó el hombre—, si es que está muerto, porque, a ver, han dado por sentado que ha sido mi cuñao, y el hombre no es que amase con locura a su tío, alguna vez lo he oído acordándose de toda su familia, pero de ahí a habérselo cargado, va un mundo…

Modesta ya no sabía cómo sujetar el bolso, la morcilla se había vuelto loca y palpitaba en su interior como el corazón delator de Poe. Y para colmo, don Agustín no daba visos de concluir su informe:

—Y mi pobre hermana está desesperada, no sabe qué hacer, allí, en la finca, sola y con los cuatros chiquillos. Normalmente se acerca a ayudarnos a mí y a mi mujer los sábados, pero, claro, hoy no puede: ¿con quién deja a los niños? Menos mal que no hay mucha clientela. Lo mismo se ha extendido la noticia y la gente no quiere venir a comprarnos por ser familia de un asesino. —Por fin se interrumpió durante un momento, asaltado por una revelación terrible e inesperada—. Virgen Santa… —murmuró—. Esto puede ser nuestra ruina…

Modesta aprovechó la parálisis mental y verbal sufrida por el tendero ante tal descubrimiento, para indagar un poco más, dar por concluida la conversación lo más rápido posible y salir pitando del mercado antes de que la morcilla asomase por debajo de su axila.

—Y dice usted que está su hermana sola en la finca… —quiso confirmar.

—Sí, allí se ha quedado. A nuestro piso no se pueden venir, son muchos y no cabemos y nosotros no podemos abandonar el puesto, como comprenderás es nuestro sustento. Aunque visto lo visto, no sé hasta cuándo. Menuda desgracia más grande —se quejó don Agustín—. No sé cómo nos las vamos a apañar…

—Pues si le parece bien —lo atajó Modesta—, voy a hacerle una visita, así la acompaño un poquito y la ayudo.

—Sí, hija, sí. Ve y dile que mañana domingo iré a verla. Bueno, que a lo mejor voy… No sé si será conveniente. —Don Agustín ya solo se escuchaba a sí mismo mientras caminaba tras del mostrador de un lado para otro, frotándose las manos—. A lo mejor, lo más prudente sea no verla hasta que esto se aclare… Ella tiene que entenderlo, puede ser nuestra ruina…

Modesta se despidió prácticamente con un susurro, el tendero no la habría oído ni aunque usara un megáfono. Lo dejó parloteando nervioso, cavilando sobre el incierto futuro de su negocio.

Ya en el coche, Modesta puso el bolso en el asiento del copiloto, sacó la morcilla y la acomodó contra el respaldo. Se planteó ponerle el cinturón de seguridad, pero descartó la idea. ¿Qué le podía pasar? Como mucho caer al suelo y ponerse echa un asco de nuevo.

—No se preocupe, Saturnino —le dijo al embutido mientras arrancaba—. El crimen no quedará impune: encontraré su cadáver y la manera de probar que lo ha asesinado su sobrino.

Condujo hasta el final del pueblo y tomó la carretera comarcal. Cuando llegó al depósito de agua, giró por el camino de grava que llegaba hasta la finca de don Saturnino. La verja estaba cerrada, pero había un viejo portero automático. Llamó un par de veces y ya estaba imaginándose subida a lo alto del techo del coche, tambaleándose agarrada a la reja mientras luchaba por elevar sus generosas carnes sobre la valla, cuando una vocecilla de mujer contestó a su requerimiento:

—¿Sí? ¿Quién es?

—Buenos días, Carmina. Soy Modesta, vengo de parte de su hermano Agustín.

—Pase. Vaya a la casa grande, allí la espero.

Acto seguido, la gigantesca puerta se deslizó sobre los rieles dejando vía libre al Seat Panda de Modesta. Transitó a veinte kilómetros por hora por un camino rodeado de cipreses, como los que conducen a los cementerios, hasta llegar a un robusto caserón de dos plantas, cuajado de balcones y con un inmenso portón de madera al frente, donde la esperaba una Carmina menuda y ojerosa.

—Vaya choza, don Saturnino.

La morcilla ni se inmutó. Modesta la metió en el bolso con cuidado y abrió la puerta del automóvil.

«Tendría que haberme comprado un coche más grande», pensó mientras se apeaba del Panda con su habitual torpeza.

Carmina la miraba asombrada de ver cómo alguien tan grande podía salir de algo tan pequeño.

—Me imagino que mi hermano la ha mandado para ayudarme a recoger y ordenar —le dijo la mujer—. Menudo desastre me ha dejado la Guardia Civil con el registro. Llevo toda la noche recolocando cosas y ya casi he terminado con la casa grande; queda la nuestra, las cuadras y las cochiqueras. Las naves se van a quedar como están, yo ya no tengo fuerzas. Pase y tómese un café antes de empezar el trabajo.

Modesta entró a la casa detrás de Carmina, que la guio a través de un pasillo que parecía un museo, lleno de repisas y aparadores con relojes y candelabros de plata, jarrones de porcelana y tapices de mujeres semidesnudas, que bailaban tocando la lira entre rosales y madreselvas. Por fin llegaron al salón. Era una estancia inmensa con dos puertas de doble hoja, presidida por una chimenea del tamaño del Panda de Modesta, sobre ella, colgaba un retrato enorme de un hombre enjuto y serio, vestido con traje y corbata.

—No sé para qué me he molestado en arreglar este sitio… —murmuró Carmina—. Nosotros no vivimos aquí. Saturnino nos dejó a los seis en la casa pequeña, que es un agujero diminuto, mientras él disfrutaba de la casa grande para él solo. —La mujer lucía unas pronunciadas ojeras, se movía con lentitud y esfuerzo, luchando con la fuerza de la gravedad y el peso del cansancio, que la aplastaban contra el suelo—. Si hubiera querido, nos podría haber construido una más hermosa. Por dinero sería… Pero era tan roñoso y agarrado que nos metió a toda la familia en aquel cuchitril. Mi marido era su sobrino, ¡su familia!, pero a él se la traía al pairo. Ni siquiera les compraba algo a los chicos por su cumpleaños —se quejó—. Solo pensaba en acumular más y más riquezas. Estoy convencida de que se quedó soltero solo para no tener que compartir sus posesiones. —Carmina comenzó a llorar sin disimulo, frotándose los ojos con vehemencia para limpiarse las lágrimas—. Y ahora estoy sola… No sé qué voy a hacer…

Modesta tampoco sabía qué hacer. Podía acercarse y fingir consolarla, la mujer no le daba pena en absoluto: tenía claro que Carmina estaba implicada en la muerte de don Saturnino, quizá no directamente, pero seguro que había ayudado a su marido a asesinarlo.

Gracias al cielo no tuvo que hacer o decir nada. Cuando Carmina acabó de lamentarse, un niño, de unos once años, entró por la puerta que estaba en la otra punta del salón. Iba en pijama y caminaba cabizbajo y mustio:

—Mamá, tengo hambre —musitó con tristeza.

—Déjame, Sebastián —le contestó ella—, que estoy atendiendo a esta señora. Ve a la cocina y prepara algo tú mismo para ti y tus hermanos. —El chico dio media vuelta y desapareció con la misma parsimonia con la que había aparecido—. Pobres, con todo este lío no he podido ni darles de desayunar. Este era el mayor, los otros tres todavía no se enteran de nada, pero Sebastián es muy avispado y lo está pasando fatal. Si me espera aquí, le traigo un café y un brazo de gitano que tengo hecho de ayer. De paso, ayudo a mi hijo a hacer unos bocadillos. No tardo nada.

Carmina salió del salón todavía gimoteando y Modesta se quedó sentada en mitad de la habitación con el bolso sobre las piernas. En cuanto estuvo sola, la morcilla comenzó a revolverse. La mujer la sacó del plástico y la sostuvo en la mano, dejando parte de la ristra dentro del bolso:

—¿Qué pasa, don Saturnino? —susurró acercando los labios a la tripa.

El embutido cabeceó hacia el cuadro que estaba sobre la chimenea, asentía con torpeza, elevando repetidamente la parte que asomaba por encima del puño de Modesta. Ella se levantó y, guiada como un zahorí por los movimientos de la morcilla, llegó hasta el retrato del que, supuso, era el dueño de la casa.

—No se ofenda, pero menudo gesto más serio, daba usted un poco de miedo.

La tripa aceleró sus estertores y Modesta dedujo que sus movimientos estaban relacionados con el cuadro. Colocó el bolso en la repisa de la chimenea y descolgó el lienzo. ¡Sorpresa!, ocultaba una caja fuerte.

—¡Joder! Como en las películas —murmuró Modesta —. Pero ¿cómo la abro?

De nuevo la morcilla se balanceó, ella la cogió con cuidado y acercó al teclado el extremo que, en su imaginación, hacía las veces de cabeza. La tripa osciló de tecla en tecla, marcando a Modesta los botones que debía pulsar hasta que la contraseña fue completada. La caja se abrió.

—Ay, mi madre. ¡Cuánto dinero hay aquí!

No solo había dinero, Modesta reconoció cheques, escrituras y varias cajas de terciopelo y piel. Deslumbrada y asombrada, tomó una de ellas para abrirla. La caja contenía un reloj con la correa dorada y una esfera rodeada de brillantes blancos, el lugar de los números también estaba marcado por piedras traslúcidas. Debajo de una pequeña corona de cinco puntas, modesta leyó:

—«Rolex Oyster Perpetual». Qué maravilla de reloj, tiene pinta de valer un riñón. —Después tomó un par de fajos de billetes y otra caja rectangular con la tapa transparente; a través del cristal, Modesta distinguió un ostentoso collar en el que se alternaban perlas y gemas verdes y rojas—. Esto es una verdadera fortuna, Saturnino —le dijo a la morcilla—, yo pensaba que me iba a llevar hasta su cadáver, no hasta esto…

No pudo decir más, el estruendo de tazas, platos, cucharas, tenedores y cuchillos estrellándose contra el suelo la hizo dar un respingo y dejar caer todos los objetos que había cogido de la caja fuerte. Pedazos de loza y regueros de café, junto a un brazo de gitano, se desparramaban a los pies de Carmina, que la miraba boquiabierta y enfadada desde la puerta:

—¡Se puede saber qué está haciendo! —gritó la mujer—. ¿Cómo sabía usted la contraseña?

—Del mismo modo que sé que su marido mató a Saturnino: me lo ha contado ella —contestó Modesta recogiendo el bolso de la chimenea y mostrando el negro muñón de la morcilla Saturnino—. Y usted le ayudó. ¡Ahora mismo voy a llamar a la Guardia Civil!

—¡Tú no vas a llamar a nadie, chalada! —chilló Carmina mientras se abalanzaba sobre ella.

No le dio tiempo a reaccionar, cuando quiso darse cuenta, Carmina le había clavado en el vientre uno de los cuchillos que, de haber ido todo según lo esperado, habría servido a la pobre Modesta para partir el suculento bizcocho que ahora yacía sobre la tarima. El bolso cayó al suelo y Modesta casi fue detrás, pero Carmina tuvo la amabilidad de sujetarla por el cuello con una fuerza impropia de su reducido tamaño. Ambas atravesaron el salón forcejeando como dos leonas rabiosas. Ya en el pasillo, Modesta consiguió zafarse del agarre de su contrincante y preparó el contraataque; pero le faltó rapidez y previsión: quién podía esperar que la otra fuera capaz de armarse con un voluminoso candelabro y golpearla directamente en la sien.

«Mira, como en las películas», pensó Modesta aturdida, mientras la sangre le chorreaba por la mejilla.

Y como en las películas, Modesta, en un alarde de reflejos casi karatecas, paró en seco la mano de Carmina, que ya iba de camino hacia su frente con el candelabro por delante. Agarró la muñeca de la mujer y la giró para hacerla golpearse a sí misma en la cabeza, no una, sino dos veces. Contra todo pronóstico, Carmina consiguió mantenerse en pie, extraer el cuchillo de las tripas de Modesta y clavárselo de nuevo.

«Pero ¿cómo puede aguantar tanto esta mujer…?», se preguntó el confundido cerebro de Modesta.

La vista se le nublaba y las piernas se emperraban en dejarla caer, pero ella era todavía más tozuda que sus extremidades y lucharía por seguir de pie y con vida. Carmina avanzaba en su dirección, bamboleándose como una borracha, pero con ímpetu y decisión, dispuesta para la siguiente ofensiva. Esta vez no le daría la oportunidad: resollando y sacando fuerzas de flaqueza, Modesta aferró el mango del cuchillo y se lo arrancó del cuerpo. Se tomó un segundo para pensar: el cuello, ese sería su objetivo.

Hundió la hoja bajo la mandíbula de Carmina, que cayó al suelo a plomo. En esta ocasión, la pequeña mujer no volvió a levantarse. Modesta se derrumbó sobre ella, la sangre y la vida la abandonaban. Las sintió escapar de su cuerpo hasta que ya no sintió nada más.

En el salón, la morcilla se fugó del bolso de Modesta y reptó hasta el montón de billetes y joyas que se acumulaban junto a la chimenea. Como si fuera un polluelo en su nido, se acurrucó entre el dinero restregándose gozosa sobre los billetes y el collar que, en la caída, había salido de la caja. Luego, detuvo su pequeña orgía capitalista, permaneciendo laxa y relajada, como un bebé dormido después de un atracón de leche.

Fue entonces cuando Sebastián entró en el salón buscando a Carmina:

—¡Mamá! —la llamó el chico—. Tengo más hambre.

No encontró a su madre, pero sí reparó en la estupenda ristra de morcillas que reposaba enroscada entre unos fajos de billetes y un collar de brillantes. Sin dudarlo, la cogió y se la llevó a la boca. Estaba buenísima la condenada. La devoró lo más rápido que pudo, casi sin respirar: no quería compartirla con sus hermanos.

Cuando estaba tragando el último bocado, sus ojos adquirieron un brillo extraño y perturbador. El niño miró a su alrededor, sonrió y extendió lo brazos para susurrar:

—Por fin he recuperado lo que es mío.

Tres Cantos, 28 de febrero de 2021

2 comentarios

Enhorabuena por el ocurrente relato, «la sangre llama: historia de una morcilla», me maravilla la historia que has creado a partir de una simple morcilla!!!

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