Reseña: «Después» de Stephen King

Volvemos a la dualidad bien-mal y a la lucha de la racionalidad contra lo inexplicable

Después de Stephen King (Plaza & Janés).

Encantada me hallo con Después.

El maestro repite prota, un niño camino de la adolescencia; voz, primera persona; humor, ya de primeras se disculpa por abusar de la palabra después; un viejo erudito, que es la voz de la razón y el apoyo del chico; referencias al mundo de los escritores y las editoriales… y el rito de Chüd. Jamie Conklin lo utilizará para intentar doblegar al engendro que lo persigue (no os aseguro que lo consiga) como ya hicieron los losers en IT.

En esta ocasión no estamos en Maine, sino en Nueva York (la verdad es que no recordaba si King tenía alguna otra novela ambientada en esta ciudad, pero san Google me lo ha chivado: La torre oscura).

Jamie, con tan solo seis añitos, ve a los muertos. Nada original, sin ir más lejos, mi novela La habitación de Minerva parte de esa premisa, como tantas otras, pero, como dije el otro día en el podcast la Tecla muerta (podéis escuchar la entrevista clicando aquí), lo importante es contar las historias desde una perspectiva novedosa o personal, porque ya está todo escrito, y King tiene esa habilidad (si no estaría apañado con todo lo que escribe).

El caso es que Jamie se sirve de su don para socorrer a su madre, una editora con problemas económicos, pero también acabará en peligro cuando la novia de esta, una inspectora de policía corrupta, lo obliga a usarlo para ayudarla con un caso (una de las particularidades de la capacidad del chico es que los muertos siempre le tienen que decir la verdad, cosa muy útil para un policía, lo que pasa es que esta tiene un poco de mala baba).

Volvemos a la dualidad bien-mal y a la lucha de la racionalidad: «… me decanto por lo racional, lo conocido y lo empírico (nunca he visto un fantasma ni he tenido un destello premonitorio) …», contra lo inexplicable. Esta cita es del profesor Burkkett, el anciano que ayuda a Jamie a través de sus conocimientos; como siempre, a pesar de la lucha por lo demostrable y lo mensurable, los no creyentes acaban creyendo.

No puedo evitar mentar de nuevo a La habitación de Minerva (toma publicidad encubierta, bueno, no, abierta), su protagonista se aferra desesperadamente a la creencia de que lo que no se puede medir ni entender no existe, hasta que se da de bruces con lo que acecha a su pequeña hija de solo un año. Superatractivo poner en esta tesitura a los personajes.

Ojo con el giro final a lo «Juego de tronos».

Se lee corrido y sin señas. Divertida y entretenida, muy King.

Valoración: 🍺🍺🍺🍺/5

Deja una respuesta